El duelo humano se define como una reacción adaptativa natural, normal y esperable ante la pérdida de un ser querido. El duelo no es una enfermedad, aunque resulta ser un acontecimiento vital estresante de primera magnitud, que tarde o temprano hemos de afrontar los seres humanos. Es un proceso único e irrepetible, dinámico y cambiante momento a momento, persona a persona y entre familias, culturas y sociedades. No es un proceso que siga unas pautas universales.

 

En el proceso de duelo podemos distinguir varias fases:

  1. Fase de Shock- La primera reacción ante una pérdida repentina e inesperada es la estupefacción y la negación de lo ocurrido. En esta etapa se viven momentos de absoluta confusión y es frecuente que se repitan frases del estilo «no puede ser cierto» o «seguro que está en algún hospital». Para continuar el proceso normal de duelo es conveniente que los allegados hablen de la persona desaparecida, que compartan recuerdos y que participen en los rituales de enterramiento y despedida. La culpabilidad es uno de los elementos centrales del choque que produce la muerte de un ser querido. Está presente desde el principio y es uno de los más complicados de resolver.
  2. Conciencia de la pérdida y protesta-Tras la aceptación surge la rabia, la cólera fruto de la frustración y de la impotencia y como compañera la eterna pregunta: ¿por qué? En esta fase, es habitual experimentar trastornos del sueño y tener la sensación de «perder la cabeza». Es frecuente que los dolientes traten de evitar el dolor diciéndose que «es ley de vida» o que «todo debe continuar». Sin embargo, esa forma de consuelo encierra una trampa y es que se produce un bloqueo emocional que alimenta aún más el sentimiento de culpabilidad porque no se puede llorar la pérdida.
  3. Aislamiento y depresión Los especialistas consideran la tercera etapa del duelo como la más delicada porque sus características son muy similares a las de una depresión patológica y si no se supera adecuadamente puede desembocar en un trastorno mental real. Se caracteriza por la tendencia al aislamiento social porque la culpabilidad vuelve con toda su fuerza y empuja a la persona a cuestionar su comportamiento. Su escala de valores y su actuación tanto con el ser perdido como con el resto del entorno se enfrentan a un juicio severo marcado por el sentimiento de indignidad y de autoacusación.

«El perdón, la comprensión y la aceptación de las propias limitaciones es la única manera de sanear la culpa».  Si no se cumple este requisito se instalará el sufrimiento que, según el psicoterapeuta, es un sentimiento estéril en contraposición con el dolor que se considera una manifestación triste del amor.


  1. Cicatrización y superación- Nada vuelve a ser como antes, pero llegado este punto el dolor se ha convertido en un motor de cambio. El doliente adapta su visión de la realidad y su comportamiento en función del impacto emocional de la pérdida y comienza una nueva vida.

Tenemos que saber que puede haber una mala elaboración del proceso de duelo causando confusión del papel de uno mismo en la vida, dificultad para aceptar la realidad de la pérdida, evitar recuerdos de la persona perdida, sentir enfado por el fallecido, sentirse mal por seguir con la vida, sentirse vacío sin la persona fallecida, aturdido, dolor de cabeza, ira, culpabilidad, aislamiento,…Si estos síntomas perduran durante más de 6 meses nuestra recomendación es que acudáis a un psicólogo especialista ya que no se está realizando un proceso de duelo correcto y puede repercutirnos en un malestar clínico significativo y crónico.

Share This